El curioso problema de hacerte amigo de tu jefe

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¿Un jefe puede ser el amigo perfecto? Hay estudios que lo niegan y que, además, apostillan que pasar muchas horas a la semana con un superior directo daña los niveles de motivación y la creatividad. En estas amistades, incluso en las más discretas, hay algo tóxico, como en una leve intolerancia a la lactosa sin diagnosticar. El queso puede saber bien en la boca y luego irritarte el estómago; nunca conectarás una cosa con otra, pero el daño, poco a poco, te va horadando, impacientando: así funciona una amistad con tu jefe.

Por supuesto, existen también amistades sanas. Deben oponer la máxima distancia entre lo personal o lo laboral, vaciar de implicaciones emocionales las rutinas del trabajo, establecer distancias efectivas y alejar de la oficina las conversaciones íntimas.

Se conocen datos que refuerzan el carácter excepcional de las amistades entre empleados y mandamases. Según un artículo de El País, el 70% de quienes cambian de trabajo lo hacen por mala relación con su superior inmediato. La agencia Gallup, que estudia el mercado estadounidense, situó las relaciones tóxicas con los jefes como primer motivo de renuncia a un puesto de trabajo, por encima del sueldo, la jornada laboral o las horas extras no pagadas.

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Estos números inclinan a valorar la amistad con un superior como una situación privilegiada, exclusiva y deseable. Pero, como tantas veces, se trata de una cuestión de extremos. El mismo artículo cuenta que la consultora Otto Walter desveló que seis de cada diez españoles no confían en su jefe.

Ser amigo de tu jefe, en principio, puede establecer una ventaja competitiva con respecto a tus compañeros. Muchos empleados tienden a fomentar la cercanía con esos objetivos. Hay algo natural en dorar la píldora de quien te sobrevuela.

La demostración de que su figura es fundamental en la vida de un trabajador se deduce de la cuota de atención que les dedicamos y del análisis que realizamos, a posteriori, de los intercambios de palabras con ellos. Se trata de un ejercicio casi automático en el que buscamos señales subliminales de cierta predilección o, por el contrario, de rechazo o manía.

El tono de voz, los gestos, la postura, el mensaje… El hecho de que la comida que te llena los platos cada día esté conectada a esa persona inclina fácilmente la balanza hacia la adoración o la aversión. Habría que estudiar la influencia de los tipos de empresa y de relación laboral en estas emociones extremas: comprobar, por ejemplo, si una contratación más regulada y blindada tiende a separar a tu superior de tu supervivencia y, por lo tanto, a equilibrar los sentimientos que le dedicamos; o si el abaratamiento del despido, del mismo modo, nos empuja más hacia los extremos.

Muchos entregan su vida por conquistar a su jefe. Pero si se profundiza en la amistad, los colegas empiezan a percibirles como un sujeto siniestro, un híbrido de ratón y gato. Una contrapartida dramática es el recelo de los verdaderos socios de trinchera. Una coyuntura que podría ser contraproducente hasta en términos de eficiencia: algunos estudios hablan de que tener un amigo entre los compañeros aumenta la productividad. Según una encuesta a 80.000 personas realizada por Gallup, el 50% de los entrevistados aseguraron que constituye un incentivo para comprometerse.

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Hay también jefes desesperados por amistarse con sus empleados, preocupadísimos por no ofrecer una imagen de dominio o de poder, probablemente, porque son incapaces de reconocerse una pulsión natural que los empuja a la arbitrariedad. Uno de los mejores retratos de estos individuos que no comen ni dejan comer lo dibujó la serie The Office, con el personaje de Michael Scott. Se trata de tipos a los que bajo la tela de un buenrrollismo demasiado explícito se les adivina un ansia impositiva, un deseo de destacar y concitar alabanzas.

Puede definirse un catálogo de jefazos tendentes al amiguismo: los que cuentan chistes de mal gusto, los entregados emocionalmente, los empáticos sobreactuados, los elogiosos sin causa. Los chistes sin gracia pintan la radiografía perfecta de cómo la jerarquía laboral absorbe lo personal. Nos reímos, y esa risa que a otro no le concederíamos revela que difícilmente una amistad así se moverá en parámetros naturales y de confianza cierta.

Un artículo de Fast Company recogió testimonios de sujetos a los que el amiguismo con sus superiores les salió por la culata. Hay una tónica: la situación se vuelve inmanejable. En uno de los casos, un mandamás acabó confesando sus affaires extraconyugales a uno de sus empleados. La historia tomó tintes desesperantes. El jefe quería salir de copas con frecuencia y el trabajador deseaba marcharse a casa a descansar, sin embargo, la asociación de su sueldo con aquel sujeto lo empujaba a aceptar las proposiciones. Acabó vendido.

La motivación decae. Si la amistad se estrecha mucho, las posibilidades de promoción interna o el buen reconocimiento de tu labor empiezan navegar bajo la sombra de la sospecha. Cada elogio despierta una alerta: nada te garantiza que tu trabajo merece de verdad esas alabanzas.

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