¿Qué tipo de compartidor de imágenes eres en Facebook?

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El semiólogo Ronald Barthes lo dijo en los años 60: «la imagen ya no ilustra las palabras, sino que ahora son las palabras las que, estructuralmente, son parásitas de la imagen».

Misma frase. Misma tipografía. Misma imagen. Son idénticas, pero vienen de las mismas páginas: Escritos, Monalisa Literaria, El cementerio de los libros olvidados, El Club y sus primas anglosajonas WordpornWordables y Wordgasm, entre otras muchas. Todas estas páginas parten del mismo punto, de una necesidad: nos encanta compartir imágenes. Por eso, convierten frases en contenido visual con más probabilidades de difusión en Facebook.

¿Por qué lo hacemos? Para sentirnos importantes. Para que nos quieran. Facebook lo sabe. Por eso, la red social da prioridad a la imagen sobre el texto volcado en un estado y, por eso, las frases aparecen dentro de una imagen cada vez con mayor frecuencia.

Pero ¿qué es lo que lleva a los usuarios de Facebook a compartir unas imágenes y no otras?

Facebook siempre ha priorizado unos contenidos sobre otros en función de distintas variables como la cantidad de interacciones del perfil o la página en cuestión o por el formato de la información.

En el último caso, la red social visibiliza en mayor medida el contenido que la página quiera compartir si es a través de una imagen. No en vano, desde este interés por lo visual, Facebook desembolsó 1.000 millones de dólares para hacerse con Instagram, una aplicación que no da beneficios.

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Entre los diversos estudios que han profundizado en las razones que nos llevan a compartir unos contenidos y no otros, compartir compulsivamente o evitar algo que nos morimos por compartir pero que nos avergüenza o nos ‘desnuda’ en público, The New York Times llevó a cabo uno de los más reveladores. El estudio, titulado ‘The psychology of sharing: why do people share online?’, llegó a una conclusión tan sencilla como contundente: «compartir es humano».

Esta necesidad acuciante de compartir contenido útil, interesante o divertido aflora en el 85% de los casos cuando la información es de cierto valor y credibilidad. Que compartir contenidos online roza la adicción es una idea que predomina en más de la mitad (58%) de los participantes en el estudio. Para ellos, dejar de compartir sería difícil.

The New York Times identificó seis tipos de personas en función de las motivaciones que llevan a ceder ante esta pulsión.

Altruistas. Aquellos que necesitan compartir información sobre las causas por las que, consideran, merece la pena luchar y aquellas que creen que se deben difundir.

Trepadores. Su red de contactos tiende a ser meramente profesional. Compartiendo cierta información relativa a su profesión, alcanzan estatus ante sus colegas y potenciales clientes o jefes. Según el estudio, su principal objetivo es fomentar debates de los que surgen recomendaciones. Para estos, lo realmente importante es la retroalimentación.

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Hípsters. Buscan reafirmarse y crear una identidad virtual en base a lo que comparten porque «compartir contenido online es parte de la identidad del hípster».

Boomerangs. Tal como suena: esperan recibir y para ello dan. Para ellos, «incluso una respuesta negativa es mejor que la no respuesta». Que hablen mal si quieren, pero que hablen, es su filosofía de vida virtual. Coleccionar likes conforma el sentido de su vida.

Conectores. Son los que comparten en el sentido más amplio del término. Les interesa llegar a ti, claro, pero sobre todo, llegar a tus amigos y que estos interactúen con los suyos. Es la versión virtual del amigo que disfruta organizando fiestas para juntar a varios grupos y se enorgullece de lo bien que lo ha hecho cuando todos bailan La mayonesa.

Selectivos. Lo hacen por ti. Tienen mil amigos, pero quieren que lo que comparten llegue hasta ti. Porque le gustas. Porque esa información tiene que ver directamente contigo, con tus inquietudes o con tu situación sentimental actual. Porque está obsesionado contigo. Por lo que sea: esto es para ti. Y, claro, también podría ser una indirecta. Así que mejor no romperle el corazón. Es importante regalarle un like para hacerle ver que te has dado por aludido. Sonreirá.

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Compartir imágenes online parte de las mismas motivaciones que hacerlo con cualquier otro tipo de contenido, con el aliciente de que la imagen resulta más accesible y facilita el like y el comentario, puesto que los usuarios que reciben esta información, apenas ven una imagen con un puñado de palabras. Esto les ahorra tiempo y el esfuerzo de pinchar un enlace para leer un texto mucho más largo. La imagen obliga a concretar y los amigos, ante la avalancha informativa, agradecen la concisión, a menudo incluso dejando su huella en la publicación en forma de like.

Según The New York Times, estas motivaciones son principalmente:

Aportar algo a la vida de aquellas personas que importan al usuario, ya sea para hacerle llegar una información, para entretenerle o para arrancarle una carcajada.

Autodefinirse ante sus contactos mostrando qué le gusta, qué le interesa y, por tanto, cómo es.

Enriquecer sus relaciones. Claro que no te interesa lo que acaba de compartir, pero es tu sobrino y, como buena tía con Facebook, comentas. Y te encanta. Según el centro de ayuda de Facebook, el likees una forma de retroalimentación positiva y de conexión. Para Facebook, «puede gustarte el contenido que tus amigos publican para darles feedback».

Satisfacerse. Los hay que, tras compartir las propiedades del ajo, se sienten realizados al ver que su amigo que dio me gusta a la publicación al fin podrá recuperarse de su problema intestinal.

Que todo el mundo se entere de las causas que defiende. Sabes quién es. No se pierde ni una petición de Change.org y te consta que colabora con varias ONG. Pero es muy probable que no tenga tiempo para ti cuando le necesites.

Una cuestión emocional. El núcleo accumbens es el centro de recompensa de nuestro cerebro. Ahí se gestionan asuntos que nos producen placer como la comida, el sexo y la aceptación social.

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Este rincón del cerebro también se activa cuando estamos en Facebook y recibimos un feedbackpositivo. Y es aquí donde cobra sentido que caigamos en la adicción de compartir aquello que sabemos que va a gustar y que nos reportará likes, comentarios, cariños y alegrías.

En estos casos se genera una empatía virtual en la que las fronteras entre gustar y querer se difuminan. Aquí, conseguir me gustas lleva al usuario a sentirse querido o, como poco, aceptado. Sobre la relación entre lo que compartimos en Facebook, la soledad y la autoestima, también existen estudios.

Susan Sontag ya relacionó la alienación con la fotografía e incluso predijo, en cierto modo, la adicción a las fotos que hoy reflejan tanto Instagram como Facebook, donde ya impera la fotografía por encima del resto de contenidos. «La necesidad de tener una realidad confirmada y la experiencia mejorada con la fotografía es un consumismo estético al que todo el mundo ahora es adicto», escribió en Sobre la fotografía.

Desde finales de 2016, saltan en el time line de Facebook imágenes pequeñas, de colores que, a menudo, contienen faltas de ortografía: es la última conquista de la fotografía hegemónica en la red social de Zuckerberg.

Que una imagen vale más que mil palabras será un tópico, pero en redes sociales es ley de vida virtual. Como escribió Barthes: «lo cierto es que la imagen dice cosas».

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